La Hacienda Verde

Comisión de Medio Ambiente

La visita de una tepelcua

Hace cuatro años, una mañana invernal de suave llovizna,
después de una noche de abundante lluvia, me disponía como
todas las mañanas a partir hacia el trabajo cuando algo en la
cochera llamó mi atención; “otra culebra” pensé (hacía pocos
días habíamos tenido un encuentro con una culebra “ranera”,
tema de otro relato), e inmediatamente mi primer instinto fue el
de protegerme. Sin embargo, algo más llamó mucho mi
atención, y era que esta culebra se movía muy lentamente y de
manera extremadamente curiosa, como mandando ondas
Hace cuatro años, una mañana invernal de suave llovizna,
después de una noche de abundante lluvia, me disponía como
todas las mañanas a partir hacia el trabajo cuando algo en la
cochera llamó mi atención; “otra culebra” pensé (hacía pocos
días habíamos tenido un encuentro con una culebra “ranera”,
tema de otro relato), e inmediatamente mi primer instinto fue el
de protegerme. Sin embargo, algo más llamó mucho mi
atención, y era que esta culebra se movía muy lentamente y de

 

Hace cuatro años, una mañana invernal de suave llovizna, después de una noche de abundante lluvia, me disponía como todas las mañanas a partir hacia el trabajo cuando algo en la cochera llamó mi atención; “otra culebra” pensé (hacía pocos días habíamos tenido un encuentro con una culebra “ranera”, tema de otro relato), e inmediatamente mi primer instinto fue el de protegerme.  Sin embargo, algo más llamó mucho mi atención, y era que esta culebra se movía muy lentamente y de manera extremadamente curiosa, como mandando ondas cíclicas por todo su cuerpo de atrás hacia adelante o ¿era de adelante hacia atrás?  En realidad fue difícil saberlo pues tanto la cabeza como la cola son muy similares en forma y tamaño.  Más parecía una lombriz de tierra gigante.  Opté por acercarme y llamar a Cindy para que presenciara este animalito tan curioso.  “Es un gusano” gritó ella, mientras que Elvira aclaró; “Es una tepelcua”.

 

Aunque yo ya había oído ese nombre antes, nunca lo había asociado a animal alguno, así que decidimos ponerla en una caja con tierra, adecuadamente sellada, investigar sobre ella y ofrecerla como donación al Zoológico Nacional, quienes aceptaron gustosamente nuestra oferta.  Sin embargo, al siguiente día la tepelcua había desaparecido inexplicablemente de la caja sellada para seguramente retornar a su madriguera.

 

La Tapalcua (Dermophis mexicanus) es una especie de anfibios gimnofiones de la familia Caeciliidae (entonces no es una culebra, que son reptiles).  Habita en El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y posiblemente en Belice.  Sus hábitat naturales incluyen bosques secos tropicales o subtropicales, plantaciones y zonas previamente boscosas.

 

D. mexicanus permanece la mayoría del tiempo en madrigueras húmedas de tierra suelta.  Sin embargo, también sale a la superficie, emergiendo usualmente al amanecer de días de lluvia suave.  D. mexicanus es un depredador que espera a su presa; su dieta se compone principalmente de tierra e invertebrados en hojas descompuestas (ej. lombrices de tierra, termitas, escarabajos) y ocasionalmente, dependiendo del tamaño de la tepelcua, también vertebrados como pequeñas lagartijas y roedores recién nacidos.  Su mecanismo de alimentación y su curioso mecanismo locomotor son actualmente objeto de estudios científicos.

 

Como dato curioso se sabe que el período de gestación de la tepelcua es de 11 meses.  Es una especie vivípara que pare entre 3 y 16 crías entre los meses de mayo y junio.  Cada recién nacido mide entre 10 y 15 cm de largo, mientras que la madre mide tan solo 30-45 cm de largo en su estado adulto; no obstante, la tepelcua puede llegar a medir hasta 66 cm de longitud.  Su valor ecológico estriba en su capacidad de descomponer hojas en tierra fértil y alimentarse de insectos e invertebrados que pueden constituir plagas para otras plantas o cultivos.

 

Las creencias populares sobre la tepelcua señalan que es una culebra y se introduce por el ano de las víctimas, justo cuando estas defecan, acurrucadas, en medio de los cafetales.  Luego, se aloja en los intestinos.   En esta versión popular, la única forma de sacarla es que el paciente debe sentarse sobre una olla con leche caliente, ya que a la tepelcua le gusta mucho la nutritiva bebida.  Ese mismo gusto por la leche hace que por las noches engañe a las madres lactantes que alimentan a sus recién nacidos, prendiéndose del pecho de la madre y dándole la cola al bebé, engañando de esta manera tanto a madre como a hijo y alimentándose ella con su manjar favorito.

 

Estas son las dos versiones, de las cuales obviamente me quedo con la científica, a pesar de las bromas de amigos y vecinos en el sentido de ir preparando el huacalito de leche tibia.

Salvador Rossell